Iñaki Matía, 4º Dan de Aikido con 81 años

“Me siento hoy en día con la tristeza del samurái”

Iñaki Matia, 4º Dan de Aikido

Ha trabajado de recadista, como maletero en un almacén de coloniales, de pastelero y en un sinfín de oficios más. Se diría que Iñaki Matía es, en el sentido más puro del término, un buscavidas. Hace cuarenta años leyó un anuncio en el periódico sobre las artes marciales. Y se ‘envenenó’.

Puesto en pie, bien erguido, guarda la dignidad de los viejos maestros orientales, aquellos que entraron en nuestro imaginario de la mano de Kung Fu, el pequeño saltamontes y el legendario Bruce Lee, cuyas películas se proyectaban en las salas de cine de medio mundo, incluidas las de Bizkaia. Hoy Iñaki aplica su sabiduría en esta y otras muchas materias desde el gimnasio Formas, de Deusto (Bilbao).

Antes de comenzar me gustaría darle el título de la entrevista…

¡Insólito!
Me siento hoy en día con la tristeza del samurái.

No se venga abajo.
Le diré por qué: antes me meaba la corbata y hoy me meo los calcetines.

¡Hombre de Dios!
Hay que vivir siempre con sentido del humor. Me niego en redondo a ser un viejo que cuenta sus achaques como si fuese el abuelo cebolleta.

¿Es cierto que trabajó en el cine?
Sí, claro que sí. Y siempre de traidor: yo era el que traía las bobinas de las películas de cine en el Vizcaya, que pesaban, por cierto, entre veintitantos y treinta kilos.

El Vizcaya estaba en la terrorífica calle San Francisco…
Por aquel entonces era una calle normal, repleta de gente trabajadora. Hoy allí trabajan de otra manera, pero no soy quien par juzgarlo.

La Guerra Civil le llevó a Barcelona…
No fue exactamente así. Fui a Catalunya para aprender el oficio de pastelero. Y bien que lo hice, porque he servido a tres generaciones de bilbainos desde Zuricalday.

¿Cómo nace la pasión por el aikido?
Por un anuncio en el periódico. No sabía lo que eran las artes marciales y fui a informarme. Me picó el gusanillo, pese a las dificultades.

¿Las dificultades?
Las artes marciales estaban prohibidas. No las consideraban como un deporte sino como… ¡una práctica de guerra! Menos mal que todo se solucionó.

¿No son violentas?
No, no. Para nada. Me gusta porque la gente es compañera, no tiene ese gen competitivo que todo lo retuerce. En el aikido no hay vencedor ni un vencido; nadie sale a imponerse a ti.

¿Lo practica hoy en día con intensidad?
Ahora me dedico más a ayudar. Tenga en cuenta que hoy todos me llaman aitite… ¡por algo será! Ya no estoy para caerme al tatami cien veces por día. Prefiero enseñar a los que empiezan el aeiou.

¿Qué les cuenta?
Que las artes marciales te dan algo más y que mejoran tu vida familiar.

Explíquese.
En la familia pasar por desavenencias por mil razones. Con este deporte uno encuentra la válvula de escape idónea, una forma de desahogo que luego te deja pensar mejor.

La vida más allá del tatami se reduce a…
No se reduce, se amplía. La vida hay que cogerla como viene y aprovecharla. Yo voy todos los días al Casco Viejo a tomar algo. Antes éramos 10 o 12. Ahora vamos tres o cuatro. Ahí te das cuenta de que tienes que aprovecharlo todo, hasta las migas.

Artículo aparecido en ‘Deia’, el domingo 8 de mayo de 2011

 

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